De la frontera más sofisticada de Oporto a la impresionante belleza rural portuguesa. La cultura del vino impregna la ruta por este fértil valle, que ofrece al viajero mucho más que catas en bodegas centenarias. El Valle del Duero, es toda una experiencia hedonista, para disfrutar de punta a punta.
Cuando se habla de los vinos de Oporto, siempre se recurre a una frase hecha que, como tantas, es real: “son vinos que no se producen en Oporto”, sino en una zona en el interior de Portugal en la que se elabora vino desde hace dos mil años. Se exportaban desde Oporto, de ahí el nombre, pero nacen allí.
También se suele decir que son vinos portugueses con alma inglesa, pues fueron los ingleses y escoceses los que produjeron los vinos más conocidos y antiguos.
Estos vinos existen desde hace mucho, pero ha sido en la última década cuando la palabra Oporto ha entrado en la conversación internacional del vino.
Los vinos de Oporto, por el paisaje accidentado, las variedades de uva y la tradición vinícola son muy difíciles de replicar y nada gusta más a un viajero, un gourmand o un hedonista que algo así. El interés por los vinos ha tenido que ver con la reivindicación de esta zona de Portugal, con un paisaje escarpado bastante original, con la modernización de bodegas, la apertura de restaurantes de alta cocina a una hora y con la apertura de buenos hoteles.

De la frontera más sofisticada de Oporto a la impresionante belleza rural portuguesa, esta ruta de oeste a este recorre la ribera del río que es cuna de vinos y de lo mejor de la dieta mediterránea, que en gran medida es también ibérica. Y nos recuerda que a Portugal siempre hay que volver.
Si retomamos las palabras de Jorge Manrique, esta ruta comienza con una muerte. “Nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar, que es el morir”, escribía en una de sus famosas coplas. Foz de Douro es el lugar en el que el río que le da nombre desaparece ante el imponente Atlántico. Hace ya años que este antiguo pueblo de pescadores portugués se convirtió en un elegante y tranquilo barrio residencial, probablemente el más deseado de Oporto.
El paseo ante el mar a través de la Avenida do Brasil, lanza algunas pistas de la majestuosidad a la que aspira el barrio, pero es en la inmediata Avenida de Montevideu donde se encuentra el palaciego Vila Foz Hotel & Spa, un hotel que es destino habitual de los habitantes de la zona.
Su restaurante Flor de Lis asegura precisamente eso, vivir los placeres (y sabores) de la gente local, como anuncian las tradicionales baldosas creadas por una de las diseñadores de interiores más prestigiosas del momento, la portuguesa Nini Andrade Silva.
Su cocina sofisticada y casera, además de ser un recuerdo de la indeleble unión entre España y Portugal, es asequible. Almuerzos de tres platos y bebida por menos de 20 euros, y cenas en las que los guiños al mar en una carta en continuo cambio son inevitables.
Su restaurante principal, también llamado Vila Foz, abre sus puertas en septiembre, para seguir apostando por la alta cocina mientras ocupa la sala más aristocrática del edificio.
Para entonces, el local también espera recuperar sus deseadas Kitchen Seat, un menú exclusivo y con vistas. Se degusta en los dos únicos asientos situados justo ante la cocina desde la que el Vila Foz hace magia culinaria.
Su spa es otra parada habitual de los vecinos de Foz do Douro y es todo lo que debería ser un spa: un templo de tranquilidad y bienestar con tratamientos de primer nivel. Su decoración es un buen reflejo del entorno en el que habita, conectando lo urbanista con la naturaleza.
No es el único encanto de la zona. Aunque es fácil encontrar alguna sucursal de las grandes maisons de la moda, el shopping en Foz do Douro también está cargado de personalidad.
Susana Tavares, chief commercial officer del Vila Foz, nos pone en la pista. “La anterior crisis financiera obligó a mucha gente a emprender y el barrio se llenó de pequeñas tiendas con el sello particular de sus dueños”, cuenta. Así que el mejor consejo es perderse en sus calles y dejarse sorprender.

La escena gastronómica del barrio cuenta con una estrella Michelin, Pedro Lemos (Rua do Padre Luís Cabral, 974), y con uno de esos restaurantes asiáticos que todos anhelan, Ichiban, situado en la propia Avenida do Brasil.
No muy lejos de sus playas se encuentra la Fundação Serralves, uno de los centros culturales más interesantes, quizá, de toda Europa.
La interesante oferta de su Museo de Arte Contemporáneo, que se fija en la obra de Miró, Yoko Ono o Claes Oldenburg, se extiende por su extenso parque que también aloja jardines art decó y la Casa do Cinema Manoel de Oliveira, en honor al gran mito de la filmografía lusa.
Una de sus ideas más brillantes es el reciente Teetop Walk, un proyecto diseñado por el arquitecto Carlos Castanheiro que consiste en una estructura de madera que permite caminar entre las copas de los árboles, ofreciendo una mirada que a menudo no solemos disfrutar en las zonas verdes que visitamos.
El Duero Rural
Adentrándonos en la parte rural del Duero, con la mirada puesta en España, resulta casi imposible contabilizar todos los tonos de verde que lo rodean a su paso por Raiva, una freguesia portuguesa perteneciente al concelho de Castelo de Paiva.
A la altura del kilómetro 41 del gran río, ante ese verdoso y pixelado paisaje que recuerda a las montañas postimpresionistas de Cezanne, el chef Ricardo Lourenço tiene su restaurante dentro del hotel Douro41, que toma el nombre de la ubicación geográfica de su ilustre vecino fluvial.
Tras formarse en las mejores cocinas de París, el portugués regresó a su país para centrarse en su proyecto más personal. Raiva es zona de buenos productos de cabra y ternera, de pescado de río y dulces como mermeladas y el tradicional Pão de Ló (bizcochuelo de lo más esponjoso).
Todo ello forma parte de sus exquisitos menús degustación, que también incluyen pulpo del no tan lejano mar e ingredientes puramente españoles.
Una selección de panes con aceite inicia este hito gastronómico que es la cocina de Lourenço, entre ellos el rojizo pan de betarrata (remolacha) y el de nuez con canela, tan típico de las abuelas de la zona.
A pesar de su pasado, el chef no cumple con el tópico minimalista de la gastronomía francesa ni tiene miedo a combinar ingredientes y texturas.
Uno de sus entrantes, Bucho aÌ€ Pedorido laminado, es toda una explosión de sabor, como también lo son sus sabrosos raviolis rellenos de cordero y queso español, o sus croquetas de bacalao con puré de calabaza.
Como dice Duarte Gonçalves da Cunha, director general del hotel, el Duero es muy especial, junto al que crece “lo mejor de la cocina mediterránea”. Sus aguas riegan lugares en los que nace el mejor queso, carne, aceite y vino.
“No solo un vino, acoge todos los tipos de vinos posibles”, enfatiza Gonçalves, que conoce bien el periplo que recorre el Duero. La zona del Douro41 es zona de vino verde. Y de todo ello se aprovecha el restaurante y, por extensión, el hotel y el spa. No solo la carta gastronómica recurre todo lo posible el kilómetro cero, también lo hacen la infinidad de actividades que ofertan en torno a este edifico diseñado por el arquitecto João Serodio, y que se integra a la perfección en su entorno natural.
Conviene seleccionarlas e incluso reservarlas antes de llegar, porque la selección de experiencias es prácticamente inabarcable. Un paseo en las barcas de Filipe y Fernanda, una visita al ahumador de Doña Otília, a las tierras de vino de Tiago y Sílvia o la plantación e frambuesas de Sergio y su familia.
También hay sesiones de yoga a primera hora de la mañana y se puede dar un paseo por los Passadiços do Paiva, un sendero hecho de pasarelas de madera que te coloca en el centro de la naturaleza.
Todo ello sin olvidar las tres piscinas del hotel, que compiten por ofrecer las mejores vistas. Hay una interior, dentro del spa, otra en el último piso y una tercera al borde del río.
Como curiosidad, el edificio de colores terrosos cuenta con un funicular interior para recorrer algunos de los pisos y es, paradójicamente, el único lugar desde el que no se pueden disfrutar de las impresionantes vistas que lo rodean.
Al caer la noche, al paisaje visto desde Raiva se suman las luces procedentes de los pueblos cercanos, Rio Mau y Oliveira do Arda. Durante el día, los campanarios de los tres lugares componen una melodía que, como todo lo que ocurre en esta zona del Duero, crea su propia armonía.
Para terminar el recorrido del Duero que nos acerca a España, avanzando hacia el este, se encuentra Vila Real, que conserva una pequeña parte de su muralla.
Cerca se encuentra Casa de Mateus, un palacio del siglo XVIII que es un claro ejemplo de arquitectura barroca y es considerado una de las casas solariegas más elegantes de Europa. De allí viene el vino rosado Mateus Rosé.

En esta región se puede visitar una bodega de Alvaro Siza, como la de Quinta do Portal ; comer en un restaurante con estrella Michelin, como DOC ; realizar un crucero por el Duero y alojarse en un hotelazo como el Six Senses Douro Valley, que sirve de punto de descanso para visitar toda la zona. Desde allí se puede viajar al pintoresco pueblo de Pinhão, donde se elaboran uno de los mejores oportos de todo el mundo.
En el Six Senses se come con vino. La idea es que sean de Porto, como se llaman en todo el mundo. Los más conocidos son los Porto tradicionales, que son generosos y que se toman de aperitivo o con el postre. Y los postres…emocionan!. Los tintos y blancos merecen bastante atención.
Además de comer, el vino también se cuela en el ocio. Cada tarde se realiza una cata en el Wine Bar donde se conocen mejor las bodegas de la zona. También las hay más específicas y con nombres tan sugerentes como 'Vinos de Oporto: tradición, pasión y conocimiento' o 'La Gran guerra de los Oporto'.
Los otros espacios públicos del hotel, espléndidamente decorados, también invitan a disfrutar del vino y el Porto es, además, un vino muy social. En el bar Quinta, además, suele haber música en vivo.
También, el hotel ofrece la opción de realizar el Six Senses Integrated Wellness, un chequeo que dará información al health coach para mantener una larga reunión con nosotros y orientarnos en términos de alimentación, ejercicio y hábitos, absolutamente personalizados. Esto enlaza con el spa. Spas de hotel hay muchos, pero buenos spas de hotel hay menos. El del Six Senses es muy bueno. No sólo es inmenso, algo que no es un valor en sí mismo pero ayuda, sino que tiene un nivel de terapias, terapeutas e instalaciones difícil de encontrar en la Península.
Podemos también acudir a una de las clases de cosmética natural que se imparten en el Alchemy Bar, uno de los espacios más originales del hotel, donde podés hacer tu propia exfoliante de cuerpo o tu ambientador para casa. Cada semana se imparten dos talleres con recetas. La colección de saunas es estupenda, ¿las mejores? La de hierbas y la que está suspendida sobre el campo. La piscina permite nadar, los tratamientos son todos personalizados, y la tienda tiene cosmética bien elegida, como The Organic Pharmacy y Subtle Energies .
El Six Senses Douro Valley tiene un doble objetivo: salud y bienestar. Ese objetivo también lo comparten otros hoteles, pero en este caso el bienestar es también placer: aquí se come, se bebe y se disfruta de la vida. Sí, se Puede: Intox-detox, oímos en más de una ocasión.
El hotel, situado en una mansión del siglo XIX a hora y media de Oporto, está enfocado a mejorar la salud de los que llegan a él y lo hace desde distintos frentes: a través de la mejora del sueño, del contacto con la Naturaleza, del ejercicio físico, de los tratamientos, de la cocina y, aquí viene lo que lo diferencia, dentro de esta ruta del vino. Repitamos su mantra: Intox -Detox.
Por: Bea Call Contenidos. / @beacallcontenidos / m.me/BeaCallcontenidos
Imágenes Sliders , Gentileza: Six Senses Douro Valley.Portugal.
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