Apostar por el norte de Portugal siempre es un acierto. A pocos kilómetros de Oporto se encuentra uno de los destinos definitivos del país: nos vamos a Aveiro.
Aveiro es una ciudad relativamente moderna si la comparamos con las muchas ciudades milenarias que tiene Europa. Tampoco da esa impresión de ciudad decadente y castigada por el peso de los siglos, más bien todo lo contrario.
Esta bonita ciudad portuguesa recibe al viajero con colorido y cierto aire bohemio, prueba de que muchos pintores la convirtieron en musa de su dicha y su desgracia. Así es Aveiro, a la que siempre han catalogado como la "Venecia portuguesa" pero que es mucho más que una ciudad trenzada por sus canales.
Los Timoneiros y sus Historias
Una de las atracciones de Aveiro es sin duda el paseo en “moliceiro” (barcazas de proa alta pintadas en vivos colores.) navegando los canales que cruzan la ciudad a través de la ría, disfrutando de los edificios y puentes curvados que se alzan sobre ellos. Además, todos los años en el mes de julio se celebra la Gran Regata de Moliceiros de la Ría de Aveiro, un evento que congrega a turistas y curiosos de todo el mundo.
Descubrir los colores de Aveiro desde el moliceiro, es una experiencia que hay que vivir al menos una vez en la vida, más cuando el timoneiro desgrana parte de la historia de esta gran ciudad. A veces, con un poco de fantasía.
A pesar de que Aveiro existe desde el siglo XIII, no sería hasta dos siglos más tarde que adquiriría cierta importancia. Esto es debido a la conexión de la ciudad con el mar, entrada y salida de comerciantes que abrieron Portugal al mundo tras el descubrimiento de América.
La cercanía de las salinas y su situación privilegiada frente al Atlántico hicieron prosperar a la pequeña ciudad de Aveiro, de tal forma que en el siglo XV se levantaron murallas para defender la ciudad de posibles invasiones. Murallas que hoy en día, por desgracia, ya no existen.
El puerto de Aveiro sufrió un fuerte temporal en el año 1575 y todas las instalaciones se hicieron añicos, de ahí que no se conserve el puerto original.
Los habitantes de Aveiro tuvieron que esperar hasta 1808 para la construcción del primer canal que conectaba la ría con el océano. Los canales de Aveiro son realmente de reciente creación, por lo que no creas literalmente lo que algún timoneiro te cuente sobre los antiquísimos canales. La historia suele ser otra.

Más allá de los Canales
Aveiro es una ciudad que se puede recorrer en solo un par de días. El hecho, que gran parte de sus calles huelan a pastelería (ellos aman los dulces) hace que deambular por ella se convierta en una fantasía para los sentidos. Azulejos en las fachadas para no olvidar que estamos en Portugal. Da la sensación de que cada calle es de un color, y que cada casa tiene su propia historia.
La ciudad crece en torno a la plaza de la República, desde donde partimos frente a la plaza del Ayuntamiento y la Torre del Reloj. Alrededor aún se conservan algunas casas del siglo XVI, mientras que bajo nuestros pies el adoquinado nos pinta el pasado modernista de la ciudad.
Los portugueses en el siglo XIX vistieron de azulejos incluso algunas de sus iglesias más icónicas, como la de la Misericordia, unas de las más visitadas por los tesoros que guarda en su interior. Se encuentra muy próxima, siguiendo la calle Coimbra.
Desde ahí, hay que continuar deambulando por el casco viejo de Aveiro que aún exhibe algunas reminiscencias de lo que fue en la época medieval.
Prueba de ello está dos calles más adelante, donde nos topamos con su catedral, que fue consagrada en el año 1464 y llegó a ser en el siglo XIX un cuartel militar. A pesar del incendio que sufrió hace casi dos siglos, en su interior se han conservado maravillosos tesoros como un retablo barroco que data del año 1559.
Frente a la catedral se encuentra el Museo de Aveiro, construido sobre lo que fue en el siglo XV el Convento de Jesús, lugar al que se retiró y en el que murió la hija del rey Alfonso V. En su interior alberga una gran colección de pinturas, esculturas y azulejos aunque ya el propio claustro o el atrio merecen unas cuantas fotografías.
La veneración a Santa Joana se hace muy presente en este museo que, además de tener carácter etnográfico, también asume ser todo un homenaje de Aveiro a la Santa y, obviamente, al art nouveau.
A pasos del Jardín do Rossio se llega a Beira Mar, el barrio de pescadores de Aveiro, donde los moliceiros y las casas de colores son protagonistas.
El Mercado do Peixe lleva 100 años siendo una de las lonjas de referencia de Portugal. En la primera planta se encuentra además un restaurante donde poder disfrutar del pescado del propio mercado (aunque, eso sí, a un precio algo desorbitado). Pero claro, la vista a la ría que tiene el local es impagable.
Hablando de arquitectura : en Aveiro la hay para aburrirse. Y es que precisamente en torno al Canal Central es donde los típicos edificios de art nouveau deslumbran, alzándose por todas partes y regalando postales indescriptiblemente bellas.
El porqué, lo aclaramos: a comienzos del siglo XX se asentaron en la ciudad familias adineradas que representaban a la burguesía colonial y que contaban con suficientes ingresos como para hacer de sus hogares auténticas obras de arte.
Por eso es que, al pasear por la Rua Joao Mendoça o la Rua B. Magalhães, nadie puede evitar caer rendido a los pies de aquellos edificios que lograron convertir a Aveiro en Ciudad-Museo del Modernismo en Portugal.
Algunas casas han sido transformadas y se les ha adjudicado otro uso: la propia Oficina de Turismo de la ciudad, así como el Museo de la Ciudad de Aveiro o el Museo de Arte Nova, ubicado en la Casa do Major Pessoa, de 1906, ocupan varias de ellas.
Aquí lo ideal caminar y perderse entre antiguos edificios y buscar la auténtica identidad de Aveiro, esa que se refleja en las fachadas forradas de azulejos que recuerdan que, sin duda alguna, esto es Portugal.
Tiendas de souvenirs, restaurantes, comercios de toda la vida y confiterías –hay infinitas y en ellas es imprescindible probar las tradicionales ovos moles, yemas de huevo dulces envueltas en obleas- luchan por captar la atención de los turistas que merodean por la zona.
Entre los negocios, dos que destacar. El primero es un humilde local basado en el arte de la cestería pilotado por César, un simpático señor con el que, además de hacer negocio, se puede entablar una estupenda conversación. Se encuentra frente a la Igreja da Vera Cruz, en un edificio de color salmón y en un local sin cartel. El otro es Alma de Alecrim, al otro lado del Canal Central, un concept store en el que adquirir cerámica o accesorios de diseño súper originales.

El barrio de pescadores
A pintoresco, pocos ganan al barrio de pescadores, ubicado a tres pasos del casco histórico de la ciudad. Alzado junto al canal, en este punto muchas de las antiguas viviendas de pescadores han sido reformadas y se alternan con edificios de nueva construcción cuyas angulosas líneas bien podrían recordar a cualquier ciudad nórdica.
Frente a ellas el puente más antiguo de Aveiro, conocido como “el de los enamorados”, reta a las parejas más románticas a besarse sobre él.
El Mercado do Peixe también se encuentra aquí y es uno de los emblemas arquitectónicos de Aveiro. Dicen que el edificio fue proyectado por el mismísimo Gustave Eiffel y es una propuesta estupenda para “tapear” al más puro estilo portugués.
Un poco de bacalao es algo esencial por estas tierras –en la vecina Ílhavo se halla el Museo Marítimo, dedicado a esta especie-, aunque las sardinas también serán apuesta segura.
En los restaurantes de los alrededores se puede comer bien aunque, eso sí, a precio de oro: no hay que olvidar que se trata de una de las zonas más turísticas. Una opción perfecta es Maré-Cheia, en el lado opuesto del canal. Imprescindible reservar y probar sus mariscos, arroces y vinos.
La mesa aveirense es muy curiosa. Al tratarse de una ciudad de pescadores, los frutos del mar son los que invitan a sentarse en restaurantes que, a pesar de que se han ido modernizando en los últimos veinte años, siguen manteniendo la esencia de otros tiempos.
En Aveiro son verdaderos maestros en el cocinado de la anguila, ya sea en guiso, en caldereta o escabechadas, por lo que es un crimen irse de esta ciudad lusa sin probar bocado de este manjar. El bacalao no puede faltar. Estamos en Portugal y aquí el bacalao es religión, cocinado à bras o, como hacen en Aveiro, con bechamel y papas.
O Bairro (Largo da Praça do Peixe, 24) es una de las mejores opciones para disfrutar del marisco aveirense, un pequeño local que mezcla en sus platos lo mejor de la cocina tradicional con ciertos toques de modernidad. Un risotto de gambas con lima delicioso y su "polvinho" (pulpo) con papas hacen posiblemente de O Bairro la mejor apuesta de Aveiro. Está muy cerca del Mercado do Peixe.
Si lo que buscas es no irte sin probar un bacalao en condiciones, una muy buena opción es Bacalhau e Afins (Joao Afonso de Aveiro 13), donde además tienen un arroz con pato inolvidable. Festival de apariciones marianas en forma de bacalao: en risotto, en natas (con bechamel), à lagareiro, à bras e, incluso, con un arroz cremoso de marisco. Infinitas opciones para las que es difícil decidirse.
Y uno no puede marcharse de Aveiro sin probar sus famosos ovos moles, un dulce centenario de las monjas del Convento de Jesús que es sello distintivo de la ciudad. Este curioso huevo de oblea está relleno de yema de huevo, y es el dulce distintivo del lugar.
No hace falta moverse del centro, en la Confitería Ramos (Dr. Lourenço Peixinho, 86), posiblemente la más importante de Aveiro, dan cuenta de la exquisita receta desde hace casi un siglo. Allí descubrimos que los ovos moles son un producto con Indicación Geográfica Protegida por la Unión Europea desde 2008 (los primeros dulces portugueses en tenerla) y solo se pueden elaborar en Aveiro. Y sólo saben así de bien en Aveiro.
Relajarse en la Playa
Las playas de Aveiro son famosas en Portugal por su arena fina y la calidad de sus aguas. Dos de ellas son las más frecuentadas por los viajeros, Barra y Costa Nova.
La primera, porque está presidida por el faro más alto de Portugal y un buen ramillete de restaurantes turísticos que distan mucho de los fantásticos templos del pescado que encontramos en el centro.
La playa de Costa Nova es más apacible, aunque en algunas épocas del año es un hervidero de turistas. Al ser tan anchas siempre se puede encontrar hueco en la arena manteniendo distancias. Además, aquí es donde se encuentran los famosos palheiros, antiguas casas de aperos de los pescadores que actualmente son apartamentos turísticos.
Estas preciosas casas de colores pintadas a rayas en su día se construyeron sobre estacas de madera para evitar que fueran sepultadas por las dunas. Hoy en día aún conservan las originales ventanas de guillotina y los balcones de madera. Pero, eso sí, el interior está adaptado a los tiempos modernos y se pueden encontrar todo tipo de comodidades.
Aquí sí se puede parar a comer, sobre todo por la caldeirada de marisco de la Marisquería da Vagueira, ubicada frente a la playa del mismo nombre, en la vecina Vagos. Recuerda siempre reservar con tiempo, porque este restaurante familiar se pone hasta el tope de gente.
Justo al lado se encuentra el Lounge Bar Casablanca, el lugar perfecto para terminar con una copa y buena música frente al mar. Bueno, una copa o dos.
A Aveiro no se puede ir sin hacer una visita a la localidad de Ílhavo, donde se encuentra, desde su fundación en 1824, la famosa fábrica de porcelana Vista Alegre. Famosa en todo el mundo por la calidad de sus piezas, para conservar la memoria de su excelencia hoy hay montado todo un complejo a su alrededor en el que destacan el Museo Histórico de Vista Alegre (con más de 30.000 piezas), el palacio, la Capilla de Nuestra Señora de la Peña de Francia y, cómo no, dos tiendas, una oficial y otra outlet, ideales para concederse el último capricho del viaje.
Pero si se busca desconexión total, lo ideal es acercarse a la playa que hay en la Reserva Natural de las Dunas de San Jacinto. Eso sí, para esto hay que recorrer casi 50 kilómetros en coche.
Pero la excursión merece la pena ya que, además de que no hay tanto turista, la playa se encuentra justo al lado de una reserva natural que huele a pino, y en cuyas lagunitas de agua dulce se puede fotografiar a todo tipo de aves acuáticas en su hábitat. Sin duda el mejor lugar para terminar bajo el sol y dar por finalizada la visita a Aveiro.
Por: Bea Call Contenidos. / @beacallcontenidos / m.me/BeaCallcontenidos
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