La isla de Kalsoy ya era una de las atracciones más visitadas de las Islas Feroe. A partir del último film de 007, los fans de James Bond pueden añadir una isla más a su peregrinación por el mundo. Hoy te contamos todo sobre estas peculiares islas.
En la última entrega, “Sin tiempo para morir”, Bond se encuentra con su destino en Islas Feroe, unas islas autónomas de Dinamarca. La isla de Kalsoy, donde se ruedan las climáticas escenas, es conocida por los lugareños como “la Flauta», por su forma alargada y sus numerosos túneles. En ella, apenas viven 150 personas en cuatro pequeños pueblos. El faro de Kallur es una de las pocas estructuras hechas por el hombre reconocibles en Kalsoy, pero para la película ha sido sustituido digitalmente por una torre que forma parte del escondite del villano Lyutsifer Safin.
Curiosamente, Daniel Craig nunca estuvo en Kalsoy. A pesar de que tenía muchas ganas, no hay ningún hotel en la isla, y sólo hay un ferry que la comunica con la cercana isla de Borðoy. El equipo de rodaje decidió capturar imágenes digitales de su orografía y después mezclar digitalmente a los actores sobre ella.

Las 18 islas rocosas de las Feroe se esparcen en el inmenso Atlántico Norte, a medio camino entre Islandia y Noruega, y unos 250 km por encima de Escocia. La roca oscura delata el origen de este archipiélago de pasado volcánico, que surgió de la cresta submarina que va de Islandia a las escocesas islas Shetland. Aunque pertenecen al reino de Dinamarca, desde 1948 goza de una gran autonomía política y económica: no forma parte de la Unión Europea (Dinamarca sí), tiene moneda propia y su selección de fútbol juega torneos internacionales.
Hasta no hace mucho, para volar a las Feroe había que pasar por Copenhague, pero desde hace un par de años se ha abierto una ruta semanal, de mayo a septiembre, desde Barcelona con Atlantic Airways al aeropuerto en la isla de Vágar. También se llega en ferry desde Dinamarca con la línea que pasa por Tórshavn, la capital feroesa, y continúa hacia Islandia.
El nombre danés del archipiélago, Føroyar («islas de los corderos»), está plenamente justificado pues en sus islas habitan 50.000 habitantes y 80.000 corderos. Aprovechando la movilidad de las ovejas, recientemente se equiparon algunas con cámaras para crear un mapa del archipiélago.
Aún bastante desconocidas por el turismo, las Feroe son un paraíso para los amantes de la naturaleza y las aves marinas. Lo primero que asombra al viajero que aterriza en ellas, es su naturaleza intacta. Acantilados cortados a pico, prados verdes que tapizan montañas y el mar omnipresente –se dice que uno nunca está a más de 5 km de la costa–. Expuestas al viento, estas islas de origen volcánico no tienen ni un árbol a la vista, y llueve una media de 210 días al año, siendo los meses veraniegos los más soleados. Precisamente el tiempo cambiante aconseja para las excursiones llevar capas de ropa y un calzado cómodo e impermeable.

Un 40% de los feroeses reside en la ciudad de Tórshavn y sus alrededores, en la isla Streymoy. La capital del archipiélago es una de las más pequeñas de Europa, de ahí que sea perfecta para visitarla a pie, pasar un par de días o convertirla en la base para recorrer el archipiélago pues en el resto de islas la red hotelera es muy escasa.
La tranquilidad que se respira en las calles de Tórshavn contradice el significado de su nombre «puerto de Thor», el dios del trueno. Pasear por la península de Tinganes para ver sus casas negras con tejados de hierba, los edificios históricos de paredes rojas, la catedral de madera blanca, y comer en un restaurante del puerto, es un plan perfecto. También apuntarse a algún evento cultural. Porque en Tórshavn florece la vida artística, especialmente la musical, con una orquesta sinfónica, diez bandas, decenas de corales y una veintena de grupos de rock y pop.
Alrededor de la capital se pueden realizar muchas excursiones. Una muy sencilla es a Kirkjubøur, un pueblecito al sur que fue sede episcopal durante la Edad Media, y hoy es el sitio histórico más importante de las Feroe, con las dos iglesias más visitadas. Quizá por ello también aquí está el restaurante Koks, el único con estrella Michelin del archipiélago y cuna de la renovada cocina escandinava.
Se cree que los primeros que poblaron estas islas fueron ermitaños del siglo VI que llegaron acompañados de ovejas y cabras desde las islas Shetland y las Orcadas. Un par de siglos más tarde se instalaron familias que huían de la tiranía del rey Harald I de Noruega. Se asentaron con paciencia y tesón en los prados y puertos naturales al abrigo de los fiordos. En la actualidad la mayoría de feroeses se dedican a trabajos relacionados con la pesca, base de su economía.
En las últimas décadas, las principales islas han quedado unidas mediante carreteras con puentes y túneles: uno conecta Streymoy, donde se halla la capital, con la de Vágar, sede del aeropuerto, ambas separadas por apenas 46 km; otro túnel comunica las islas norteñas de Borðoy, Viðoy y Eysturoy.
Este año, han inaugurado una rotonda submarina, cuya construcción ha tardado tres años. Forma parte de una serie de túneles submarinos de 11 km de largo que conectan las islas de Streymoy y Eysturoy. La estructura, hecha de roca natural y decorada por el artista feroés Tróndur Patursson, se asemeja a una medusa y está iluminada con luces azules y verdes.
La rotonda de las medusas se encuentra al final de un túnel de 11 km de largo, llamado Eysturoyartunnilin, que conecta dos de las islas más pobladas del pequeño archipiélago, Estremoy y Esturoy. En el lado de la isla de Esturoy, el túnel da servicio a dos localidades, Strendur y Runavik, situadas cada una a una lado del mismo estuario, el fiordo de Skala. Así, debajo del océano Atlántico y en la entrada del fiordo, una rotonda permite a la carretera unir las dos poblaciones entre sí y con el pueblo de Hvitanes, en la otra isla, con un solo túnel.
De todos modos, las distancias en las Feroe son siempre cortas, y solo se alargan los desplazamientos cuando hay que tomar un ferry. Es importante saberlo si se desea visitar la isla de Mykines, en el oeste del archipiélago, un paraíso para los aficionados a la ornitología, solo accesible en barco o en helicóptero con buen tiempo; o cualquier isla del sur, como Suðuroy, cuyos acantilados también acogen miles de aves. Conviene disponer de un día para cada una de ellas.
Hacia el norte, el punto más septentrional de las Feroe por carretera es Viðareiði, en la isla Viðoy. Allí un breve ascenso por el monte Villingadalsfjall permite contemplar una de las panorámicas más extraordinarias de este destino, con fiordos de enorme belleza y fáciles de recorrer por estrechas carreteras.
Desde este extremo de las Feroe, trazando un arco de regreso por la costa, surgen otras etapas imprescindibles. Gjógv, con un puertecito natural donde se practican deportes acuáticos; Eiði, para admirar los peñascos de Risin y Kellingin; la ensenada de Tjørnuvík, encajada entre un mar bravío y montañas que miran hacia el Gigante y la Bruja, como llaman a los citados islotes de Eiði; la bahía de Saksun, un remanso de paz entre colinas verdes y un arenal que suele aparecer en películas y anuncios, por el que pasear en la bajamar; y Vest– manna, de donde parten embarcaciones para ver impresionantes acantilados, cuevas marinas y los miles de pájaros que allí anidan.
Frente a la costa oeste de la isla de Vágar emergen los peñones de Tindhólmur y Gáshólmur, conocidos como las rocas de Drangarnir.
Profundizar en la isla de Vágar permite contemplar las dos cascadas más fotografiadas del archipiélago. La de Gasádalur se sitúa al final de la carretera que conecta la aldea de Sørvágur y la de Bøur, un excelente mirador sobre tres islotes que emergen entre la costa y la isla de Mykines. Y la cascada de Bøsdalafossur, cuya caída al mar únicamente puede verse tras la caminata que bordea el lago Sørvágsvatn, el más grande de las islas, muy cerca ya del aeropuerto. Una buena excursión como despedida de las Feroe.

Es posible que las Islas Feroe no hayan aparecido de manera tan prominente como algunos otros lugares en el bombardeo promocional de la película. Pero el público local sabía que, cuando Bond se dirige en el final hacia una isla ficticia, un territorio en disputa en algún lugar entre Japón y Rusia, para enfrentarse al último chico malo de la película, Lyutsifer Safin (Rami Malek), realmente se dirige a Kalsoy, en Islas Feroe. La oficina de turismo de las Islas Feroe ya la está catalogando como “el lugar más remoto de películas de James Bond hasta ahora”.
‘No time to die’, la última aventura de James Bond, nos lleva de Jamaica a Kalsoy, pasando por la ciudad italiana de Matera, los bosques escoceses y las carreteras panorámicas de Noruega.
Si no tienes el Aston Martin y el esmoquin, no importa!, Te invitamos a seguir nuestra serie de notas sobre los lugares de rodaje de la película, para rastrear los movimientos del agente secreto.
Por: Bea Call Contenidos. / @beacallcontenidos / m.me/BeaCallcontenidos
Imágenes: Getty Images/ Shutterstock/ Nathional Geographic.
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